#CulturaDigital El síndrome FOMO: la adicción a las redes sociales

Primero fue Snapchat y, poco después, casi todas las redes sociales han ido detrás.

La posibilidad de compartir una publicación, una imagen o un vídeo, que desaparece a las 24 horas de ser publicada fue la estrategia de Snapchat para atraer a los usuarios y, visto el éxito, Instagram, Whatsapp, Facebook la imitaron. Pero, ¿favorecen estas herramientas el síndrome FOMO (Fear Of Missing Out), la sensación de perderse algo? Este síndrome se describe generalmente como un tipo de ansiedad social, por el que tendríamos el deseo de estar continuamente conectados y sabiendo en todo momento lo que otros están haciendo, para no perder detalle.
Casi dos tercios del total de usuarios de la redes sociales en el mundo padecen el síndrome conocido como FOMO, pero lo más extraño de todo es que la mayoría de ellos ignora tal condición. ¿Qué es el FOMO? De acuerdo a sus siglas en inglés, el fear of missing out podría traducirse como “el miedo a perderse algo”. Ese “algo” puede ser cualquier cosa publicada en las redes: una noticia, un evento, un acontecimiento importante de un familiar, un comentario, etc.
La popularización de las redes sociales y esa necesidad constante de mantenernos conectados todo el tiempo hace que este síndrome sea algo más que un simple miedo. El FOMO es más bien un miedo envidioso. Lo que preocupa a quienes lo padecen no es el simple hecho de perderse algo, es el más bien el hecho de “que otro sepa lo que yo me pierdo y se divierta con eso”, que otro tenga la posibilidad de “dejarme afuera” de un tema simplemente porque sabe algo que yo desconozco. Las asimetrías de información en su máxima expresión han generado que esta preocupación aparentemente inofensiva se transforme en un trastorno prácticamente imposible de frenar sin la ayuda de un profesional.
La adicción a mantenerse actualizado es proporcional al miedo que se siente, ocasionando que en muchas oportunidades los momentos de disfrute se pierdan totalmente. Hoy en día no interesa ir a un concierto, interesa publicar que se fue a ese concierto. Si no se publica no pasa, así de sencillo.
Somos seres sociales al extremo, que necesitamos compartir nuestra vida con otros seres humanos para sentir que realmente la vivimos. Pero hay límites que deberían ser infranqueables. Cuando necesitamos consultar el móvil todo el tiempo y no podemos permitirnos siquiera disfrutar de un momento a solas con la familia o los amigos, o aún peor, cuando sentimos esa especie de competencia irracional que nos impulsa a aparentar tener una vida más interesante de la que en realidad llevamos bajo la falsa creencia de que publicando mentiras alcanzaremos la felicidad… Es en ese mismo momento cuando tenemos que parar el reloj y pedir ayuda. Porque a fin de cuentas, temiendo perdernos “algo”, lo que en realidad estamos perdiendo es tiempo.

Según la A&M Health Science Center College of Medicine de Texas, al menos un 13% de la población estaría padeciendo este tipo de ansiedad social. En un estudio realizado entre jóvenes universitarios por este centro, el estudiante medio pasa de ocho a diez horas matando el tiempo con su 'smartphone', por lo que entre aquellos que experimentan este síndrome es frecuente que se receten incluso antidepresivos.
Sin embargo, Fernando Azor, psicólogo experto en este tipo de trastornos, considera que FOMO no es más que en realidad la «necesidad de poner nombre a las cosas», aunque reconoce que sí que existe esta tendencia y que la favorecen las redes sociales y los medios de comunicación social al permitir la publicación de información al instante. «Fomentan la sensación de no querer perderse lo que está pasando en directo, tanto la actualidad como de amigos», asegura este experto.
Un problema
Sin embargo, Azor entiende que, aunque todos los humanos tengamos esa curiosidad innata por saber lo que está ocurriendo, no deberíamos considerarlo como un problema, salvo en aquellos casos en los que este síndrome, como otro cualquiera, se convierte en «un problema, y es cuando aparecen la dependencia y los efectos adversos que produce», señala. Es decir, Azor considera que «estar informado está bien, pero si se dejan de hacer otras cosas por estar pendientes de qué pasa, si se tiene esa necesidad, se puede volver algo peligroso».
Eso sí, el psicólogo apunta que aunque se pueden ver extremos en esta situación, lo normal es que FOMO sea, en realidad algo anecdótico, aunque también podríamos hablar de diferentes grados de padecer este síntoma. En cualquier caso, es cierto que este síndrome es exclusivo de las nuevas tecnologías, porque «la información es siempre más accesible y queremos saber qué está ocurriendo».
Pero de ahí a que sean las propias redes sociales las que fomenten este tipo de actitudes, haciendo uso de estrategias de marketing neuronal, hay un gran salto. «Las aplicaciones están hechas para que sean fáciles de usar», asegura este experto. «Esa 'usabilidad' puede tener su parte inversa y que enganchen, pero padecer este tipo de síndromes tienen más que ver con las características personales de cada persona y el momento puntual en el que nos encontremos», añade.
Así, pone como ejemplo la compra de una vivienda. «Si estás buscando una casa de unas determinadas características y te corre prisa, a cada notificación que veas acudirás a comprobar si realmente la vivienda se ajusta a lo que buscas para que nadie se quede con ella antes que tú. Pero una vez que se ha resuelto esta compra, lo normal es que dejes de estar pendiente de estas notificaciones», detalla este psicólogo.
La inmediatez que favorecen las nuevas tecnologías es lo que favorece esta posible obsesión por estar siempre informados. «Las aplicaciones de redes sociales sí que favorecen este síndrome porque se aprovechan del fenómeno saldo: es algo que está rebajado pero solo hoy lo puedes comprar», detalla Azor. «Esto hace que la prioridad cambie, porque si no veo la publicación ahora no lo podré hacer».
En realidad, estas historias que se evaporan a las 24 horas explotan el concepto de opción por defecto. «Cuando las cosas son fungibles y tienen fecha de caducidad, se elimina esta opción, porque o lo ves en ese momento o te lo pierdes», explica Azor.
Por eso, cada uno de nosotros deberíamos plantearnos hasta qué punto estas actitudes condicionan nuestra vida. «Si estoy dejando de hacer otras cosas tengo un problema porque me está condicionando. Pero si simplemente me está dando un poco más de vidilla y me hace ilusión ver ese contenido, puede ser tan interesante como ver una serie de televisión», apostilla este experto.

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